Mientras no morimos

Valor, comercio y apuestas

Las mentiras del atleta

Hic Rhodus, hic salta! — le dice un espectador al atleta de la fábula cuando termina de escuchar su historia. El atleta, de poca monta en su tierra natal, había viajado a la isla de Rodas y allí, según su relato, realizó un salto magnífico que no había sido superado por ningún ganador de los juegos olímpicos. Entonces invitó al público a que lo acompañaran un día a Rodas para que pudieran ver su hazaña en vivo, y fue en ese momento que un listo soltó la famosa frase que Marx retomó para hablar sobre la transformación del dinero en capital: la transformación de la oruga en mariposa (es decir, la transformación del poseedor de dinero en capitalista) debe ocurrir en la esfera de la circulación y no debe ocurrir en ella. Tales son las condiciones del problema. Hic Rhodus...

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El recopilador de las fábulas llamadas “de Esopo”, de aquellas que llegaron hasta nosotros, cierra la breve narración con la siguiente moraleja: cuando no se puede probar algo con hechos, todo lo que se dice sobra. Si no puede demostrarse, el valor del relato es nulo.

La elección particular de Marx para cerrar un capítulo de su libro El capital donde trata sobre “las contradicciones de su fórmula general” de la producción capitalista (D-M-D') hasta hoy llama mucho la atención, más allá de los aspectos curiosos respecto de sus citas y referencias clásicas, y nos lleva directamente a uno de los debates recurrentes entre los marxistas: la naturaleza del valor y su relación con el dinero. Si bien es extensa la literatura sobre la historia de la teoría del valor-trabajo, lamentablemente el prestigio político de la figura de Marx creó hace tiempo el vicio de remitirse a la autoridad incluso para decir cosas contrarias al texto original.

Vamos a reponer de manera esquemática y breve la diferencia entre Ricardo y Marx: para el primero, el valor de las mercancías se crea a partir del tiempo de trabajo realizado sobre ellas en el proceso que las produce. La otra gran corriente que se desarrolló de manera paralela y concurrente es la teoría subjetiva del valor, donde el tiempo de trabajo no importa demasiado, lo que importa es la escasez de un bien y la valoración subjetiva de los individuos. Pues bien, Marx toma de Ricardo la idea del tiempo de trabajo, pero la extrapola a una esfera de la producción social y ya no de productores independientes: el tiempo de trabajo que genera valor en una mercancía no es el tiempo del cronómetro y del productor aislado, sino el tiempo socialmente necesario para producir esa mercancía. Partimos ya de un sistema capitalista dado, donde diferentes productores independientes realizan sus trabajos y crean mercancías que compiten entre sí en el mercado. Si yo gasto 2 días para hacer una silla mientras los carpinteros de mi ciudad hacen una misma silla en apenas 1 día, no estoy creando una silla con el doble de valor que las demás; estoy gastando el doble de tiempo para crear el mismo valor que los demás fabricantes realizan en 1 día.

Llego entonces al mercado y digo: “estuve en Rodas e hice una silla con el equivalente a 2 días de valor-trabajo. Si quieren, pueden venir conmigo y comprobar que esta silla tiene ese valor”, y un competidor mío, al observar mi discurso, dice: “¡Hic Rhodus! Yo hice la misma silla con apenas 1 día de valor-trabajo”. Los 2 días de valor-trabajo de mi silla se desvanecen en el aire. Aquello que se generó en potencia en el proceso de producción no se confirmó en la circulación, es decir, en la etapa de compra y venta de las mercancías. La hazaña del salto no se realizó, nos quedamos solo con la promesa, con la historia de algo que ocurrió en otro lugar.

Sin embargo, una lectura muy común entre los marxistas, que podríamos clasificar como positivista, entiende que el valor es una cualidad inmanente de las mercancías una vez que estas reciben la intervención del trabajador en el proceso de producción. Como si pudiéramos sacar fotos de las diferentes etapas, la mercancía va recibiendo “cantidades de valor” durante el proceso y llega al mercado con esa cualidad inmanente, que finalmente se realizará al ser vendida, según la tradición terminológica de las traducciones al portugués y al español. Pero creer que la mercancía llega al mercado con una cualidad inmanente correspondiente a su valor es como creer la historia del atleta griego. El hecho de que no pueda reproducir ante nuestros ojos su hazaña no nos indica solo que empeoró sus capacidades atléticas, como si hubiera perdido músculos desde entonces. Indica que el salto original fue una mentira, solo palabras al viento. En cuanto al valor, el proceso productivo que trajo las mercancías al mercado y que no fueron vendidas al precio esperado también es comparable a las palabras al viento, una mentira que se descubre a posteriori. Se produjo para una demanda que no era más que ilusión.

Una economía comercial

En el debate marxista el foco está puesto sobre el fundamento de la plusvalía. Para toda una parte de la teoría económica tradicional, la ganancia económica de los empresarios viene del hecho de vender las mercancías por más dinero que el desembolsado como costos para producirlas. Marx se opone a esta interpretación al señalar que el proceso de valorización del capital ocurre y también no ocurre en la esfera de la circulación, en la compra y venta. Y cuando dice que no ocurre en la circulación, señala que en el proceso de producción hay un factor crucial: la explotación del trabajo. Es decir, al trabajador, que es una parte de los costos de producción, no se le paga en salario el valor que está agregando a las materias primas con su trabajo, sino que se le paga apenas el valor necesario para reproducir su fuerza de trabajo. La cuestión se formula así: el empresario no compra el trabajo desplegado por el trabajador, compra la fuerza de trabajo del trabajador, que se pone a su disposición por un período dado (la jornada laboral). En términos matemáticos: el valor total que un trabajador logra imprimir a las mercancías es mayor que aquello que el trabajador absorbe al consumir el valor de los bienes que su salario le permite comprar. Valor entregado al trabajar > Valor absorbido en la reproducción de la fuerza de trabajo. Cuanto mayor es esta diferencia, mayor es la tasa de explotación del trabajo.

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Si nuestro atleta se limitara a contar sus hazañas en otras tierras sin tener que demostrarlas, podríamos decir, con muchos marxistas, que la producción de la plusvalía ocurre en la esfera de la producción. Es un enfoque que ganó mucha fuerza en los partidos obreristas que buscaban catequizar a los obreros industriales y mostrar que su actividad laboral era el fundamento de la sociedad capitalista. El valor adquiere así una naturaleza inmanente, palpable, lo que también es excelente para vulgarizar una comprensión llamada “materialista” de la sociedad y la historia. Y así como algunas feministas reclamaron de manera extraña el concepto de “valor” para los trabajos domésticos, también algunos sectores marxistas propusieron el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo como si el valor fuera algo que el obrero crea con sus manos, y de lo cual debería sentirse orgulloso.

La premisa que estos marxistas ignoran es que el capitalismo es esencialmente una economía comercial: el criterio último que define, todavía, los flujos de valor son las operaciones comerciales. Es posible que lleguemos a un estadio de este modo de producción donde la esfera de la circulación deje de ser el criterio último, pero aún no estamos allí. Existe, ciertamente, una tendencia a autonomizar el proceso de producción de sus ataduras comerciales. Los autores que analizan la clase gerencial, por ejemplo, nos muestran que existe una base social y técnica que empuja en esa dirección, hacia un capitalismo dominado por los dirigentes de los procesos productivos, indiferentes a las dinámicas del mercado. La exclusión del aspecto comercial del capitalismo también llevó a muchos marxistas a ignorar por completo las cuestiones monetarias de la economía, manteniéndose siempre cerca del pensamiento clásico que concebía al dinero como un facilitador neutro de los intercambios, un velo que se amolda pasivamente a los contornos y relieves de la economía real.

Suzanne de Brunhoff escribió sobre marxismo y política monetaria a principios de los años 70, cuando Estados Unidos abandonaba el patrón oro generando incertidumbres sobre el futuro del dinero mundial (La política monetaria, 1973). Ella comienza su ensayo reconociendo la “desmaterialización” del dinero y que el dinero de crédito “permite la circulación de las mercancías”. La contrapartida de esta condición habilitante del crédito es la necesaria acumulación incesante de deuda. En el capitalismo, toda moneda nacional está en relación directa con el mercado mundial y con las demás monedas: el mercado mundial supone un consenso que valide y estabilice las relaciones comerciales, sin el cual prevalecen los proteccionismos (nacionales o continentales) y la guerra. Durante mucho tiempo el oro fue una pieza central de ese consenso; su valor y su materialidad permitieron la estabilización de los circuitos de circulación de mercancías, forjando el mercado mundial que ya Marx describía en su época. “La moneda como equivalente general, estando en relación con un aparato de Estado, es incompatible con el nacionalismo y se relaciona necesariamente con la circulación mundial de mercancías y de capitales”, afirma Suzanne.

“La moneda actúa como una obligación inherente a toda economía comercial, en cualquier modo de producción vigente. (…) Para que el uso de la moneda pueda producir efectos favorables a los capitalistas ‘productivos’, ellos también deben someterse a un mínimo de obligaciones que garantice el funcionamiento y la reproducción del equivalente general”. Brunhoff desarrolla esta idea de “reproducción del equivalente general” en la línea de los consensos y de las obligaciones que operan en el mercado mundial, sin los cuales el dinero deja de funcionar como tal. Un ejemplo de situación donde la reproducción del equivalente general se ve amenazada son los episodios de hiperinflación: las obligaciones contraídas rápidamente exacerban por un lado el beneficio de los deudores y por el otro el perjuicio para los prestamistas; la imprevisibilidad del valor futuro de la moneda lleva a los agentes a guardar valor en otras divisas o en bienes durables. Los autores de la economía clásica, como dijimos, sostenían una visión del dinero como simple facilitador de la producción económica: no posee, y no debe poseer, la capacidad de afectar la economía por una dinámica propia, debe apenas ajustarse a la economía productiva. De aquella época eran las ideas de un dinero que fuera el “patrón invariable de valores”, un dinero universal sin inflación, estable, transparente en el pasado y en el futuro. Esas ideas, nos dice la autora, son anhelos de los dirigentes de la producción capitalista que se topan, en desmedro de sus poderes, con las determinaciones del aspecto comercial del modo de producción capitalista. Por ser una economía comercial, el dinero debe cumplir otro tipo de función, incompatible con un tal “patrón invariable”.

La ley y nuestro lado subjetivo

El dinero en el capitalismo necesita soportar la corrección ex-post de un valor y por lo tanto absorber una alteración de su valor en el tiempo. Esta característica actual del dinero es tanto más importante cuanto que el intercambio de información y las alteraciones en los procesos productivos y en las condiciones comerciales aumentan en frecuencias cada vez más impresionantes.

La ley del valor, según Marx, es aquella que confiere a las mercancías un valor por el tiempo socialmente necesario para la elaboración de esa mercancía. Cuanto más avanzadas las fuerzas productivas, menor es el tiempo socialmente necesario para producirlas. La consecuencia histórica de ese avance de las fuerzas productivas es la transformación de las formas del trabajo: los gestos pasan a ser cronometrados, los tiempos se fragmentan, la inteligencia se segmenta. El trabajo realizado con las técnicas de ayer va perdiendo valor (de manera continua, pero también a saltos, los llamados ciclos de la plusvalía relativa). Ese aumento de la productividad pavimentó, dentro de los límites de la ley del valor, el desarrollo capitalista y las nuevas formas de trabajo que, generación tras generación, se van imponiendo a los proletarios. La ley del valor, que direcciona la producción capitalista hacia las técnicas de mayor productividad y de esa manera transforma las relaciones sociales, también se aplica en el mercado mundial por medio de los tipos de cambio. Al devaluar la moneda intencionalmente, un gobierno logra presionar a la baja el valor monetario del tiempo socialmente necesario de aquello que se produce en su país, tomando como referencia una moneda de uso internacional como el dólar estadounidense. Esta es otra función del dinero que exige que no sea apenas un facilitador neutro de la economía productiva: funciona como herramienta de las clases dominantes para obtener ventajas comerciales en el mercado mundial, siempre y cuando esas clases tengan éxito en el control de la dinámica monetaria, lo que no siempre ocurre.

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El surgimiento de un fenómeno como el Bitcoin y la digitalización del dinero plantea otros problemas aún respecto de cómo los trabajadores entienden el dinero: los aparatos de telecomunicaciones personales, los teléfonos celulares, se convirtieron en tragaderos de dinero, un lugar que viene canalizando cantidades cada vez mayores del salario global. El prestigio de las criptomonedas, hoy bien recibidas en Wall Street, y la masividad de las apuestas online (del fútbol a los eventos históricos contemporáneos como guerras y elecciones) nos revelan algo sobre la situación actual de una función importante del dinero: la reserva de valor. Está en duda la estabilidad del valor o ¿la estabilidad del futuro? Sea como sea, la idea de reserva, de un valor quieto sin destino cierto, parece estar condenada a desaparecer. El dinero vale hoy, o no vale nada.

Por otro lado, podemos comparar usos “irracionales” del dinero como herramienta económica individual, como la donación del diezmo a una iglesia, una contribución sindical, la cuota de algún canal de noticias comunitario, o la apuesta compulsiva. Todas formas con las que un trabajador o trabajadora se desprende de una parte de su salario, disminuyendo así el valor de aquello que consumirá para reproducir su fuerza de trabajo. Estas modalidades de uso “irracional” pueden ser, y lo son, estimuladas por medio del marketing digital, sin el cual una empresa hoy no prospera. Así, podemos esperar que la reproducción del equivalente general no se limite a la acumulación de una serie de monedas y tipos de cambio, sino que también se introduzca en nuevas formas psicológicas y sociales del uso del dinero a nivel planetario, inducidas por los propios mecanismos de emisión y distribución de los equivalentes generales usados para remunerar la fuerza de trabajo.