Mientras no morimos

Oro y el becerro de oro

Rolando Astarita, profesor de economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, recientemente publicó en su blog un breve texto donde refuerza el credo ortodoxo marxista que encuentra en el oro la “encarnación del valor”. Para Astarita, la “bárbara reliquia”, el oro en su función monetaria, permanece en nuestros días por un motivo estructural, no accesorio.

Algunos fenómenos van en ayuda del credo: los Bancos Centrales por todo el mundo vienen aumentando sus reservas de oro, en particular China, y el precioso metal se ofreció como un puerto seguro de liquidez en todas las últimas crisis económicas. ¿Instituciones de este porte acumularían sin motivos una tal cantidad de piedra dorada en sus cajas fuertes? ¿La seguridad del oro en las crisis es un comportamiento irracional atávico?

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Para hacer polémica con otras interpretaciones sobre el fenómeno monetario, Astarita afirma que sólo los marxistas ortodoxos creen que el oro “sigue teniendo una función monetaria en el capitalismo contemporáneo”. Si limpiamos un poco el estilo polemista podemos entender que para el profesor sólo los marxistas ortodoxos siguen creyendo que el oro es la base de la función monetaria en el capitalismo contemporáneo, y en esto él estaría en lo correcto.

En épocas de Bitcoins y NFTs, sería una displicencia tomar partido en una discusión para afirmar que algo no es dinero. Por más que le duela a los seguidores más fieles de Marx, mucho se avanzó en los estudios sobre los mercados monetarios y financieros, así como estos han sufrido repetidos ciclos de regulación e innovación. Partimos de la siguiente claridad: no se trata de discutir si el oro es dinero o no en el siglo XXI. La verdadera discusión detrás de la defensa de la ortodoxia dice respecto al fundamento del dinero en general.

Conservando ese estilo fiel a Marx, el profesor ignora la vasta disciplina de la antropología económica y nos invita a pensar que el dinero “surge de las contradicciones de la mercancía”, como si no hubiera dinero antes de las mercancías, como si el dinero – ¡y especialmente el oro! – en el capitalismo no fuera también una herencia del dinero que precedió al actual modo de producción. El dinero no es una institución capitalista. Y el oro no es esa figura bíblica, una mercancía que es más mercancía que todas las demás, y que por lo tanto puede redimirlas. El oro como “encarnación de valor” es esa mercancía especial, equivalente general, y es la única que puede cumplir una contradicción: su valor es determinado antes de llegar al mercado, a diferencia de todas las demás.

Más que teoría, justificación del estado de cosas heredado. Marx observó el papel del oro en su época y lo caracterizó correctamente como dinero mundial. El oro fue útil para estabilizar el comercio exterior e impulsar el mercado global que Marx conoció y estudió. Algo ocurrió en esa historia que el esquema monetario internacional del patrón oro dejó de funcionar, los países ya no estaban tan de acuerdo sobre las reglas de la integración comercial internacional. La intensificación de las políticas fiscales y monetarias en los ámbitos nacionales desdibujó los equilibrios que el patrón oro facilitaba en las finanzas internacionales. Después vino el dólar para fijar el valor del oro, de 1945 hasta 1973, después el dólar pasó a un cambio variable respecto al oro, y hoy ya el dólar parece amenazado como dinero mundial hegemónico.

Como si fuera poco, allá por el 2008 surgen las criptomonedas, o monedas basadas en blockchain, la tecnología “cripto-contable”, o de registro distribuido, que viene siendo promovida inclusive por Bancos Centrales. La existencia de un tipo de dinero digital “nativo”, nacido y criado por medio de una lógica digital y no sólo replicado, está directamente relacionada con la digitalización de los medios de pago. De hecho, uno de los grandes atractivos de las criptomonedas es la facilidad y el anonimato de sus flujos. El dinero todavía será muchas cosas además de una contradicción de la mercancía, tal vez siga existiendo en un mundo donde ya no existirán las mercancías. El oro definitivamente ya no cumple el papel que tenía antes, con su capacidad de generar actividad económica en las colonias, expandir el mercado internacional, financiar los mercados de valores. Hoy en día el oro ya no cumple muchas de estas funciones, al menos no de manera hegemónica: una variación del dólar afecta la economía global, una variación del oro es una curiosidad para inversores. Uno puede también ir al centro de una gran ciudad cosmopolita con 0,1 gramo de oro 24k y tratar de pagar su almuerzo con este activo que se supone ser liquidez monetaria en estado puro.

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Explicar el dinero hoy fundamentando su naturaleza a partir del oro es proponer al debate un formato bizantino, completamente ajeno a la experiencia cotidiana de la clase trabajadora. Su experiencia más cercana es cuando tiene que vender las joyas de la familia. La digitalización es uno de los fenómenos que más transformó el dinero en los últimos tiempos. El teletipo fue inventado en 1867, todavía durante la vida de Marx, y ya entonces las operaciones bursátiles suponían un sistema de comunicación veloz. Hoy en la mayor parte del mundo es común que las personas pobres tengan acceso a medios de pago digitales, los celulares son ubicuos.

Cuando el Bitcoin alcanzó fama mundial y presidentes de Bancos Centrales discutían qué hacer ante el surgimiento de las monedas en blockchain, progresistas e izquierdistas hablaban de la “falta de respaldo”, “esquema de pirámide”, “burbuja especulativa”. Bueno, las últimas dos grandes burbujas financieras fueron del mercado inmobiliario y de las puntocom, empresas inventando servicios por internet. Son dos mercados con enorme influencia en los rumbos del capitalismo contemporáneo (bien representados por Trump y Bezos). Fueron burbujas que de ninguna manera barrieron del mapa su contenido purulento. Concentración de capital, destrucción creativa. El profesor Astarita puede quedarse tranquilo y conservar sus ahorros en la caja fuerte de su banco. No perderemos la fe en el valor de su oro. Lo que deberíamos hacer, y rápido, es dejar de adorar a Marx como un becerro dorado. Nunca es tarde para abandonar viejos esquemas y pensar con más libertad.

Originalmente publicado en https://passapalavra.info/2025/12/158274/