Nacional-izquierdismo, revuelta y democracia
¿Fueron democráticas las jornadas de protesta de diciembre de 2001 en Argentina?
Antes de adentrarnos en la pregunta que abre este texto, hagamos un pequeño ejercicio de anacronismo: vemos una multitud iracunda, las fuerzas de orden gestionando con malas ganas una situación de desborde social, la élite en el poder intentando hasta el último momento sostener la imagen de un mundo que se cae a pedazos. ¿Dónde estamos? ¿Esto es Washington el 6 de Enero de 2021? ¿Es Brasilia en Enero del 2023? ¿Estamos en alguna ciudad de Chile en los últimos meses del 2019? ¿Es Cairo en alguna fecha entre el 2011 y el 2013? ¿O era Kiev, en Ucrania en 2013?

Durante la segunda mitad del siglo XX las revueltas multitudinarias eran el territorio de las izquierdas. Luchas sindicales, liberaciones nacionales, estudiantes, mujeres, hasta parte de la iglesia católica se plegó al hervidero social. Quietismo y defensa del orden fueron sinónimo de éxito político de las derechas. En este marco, la revuelta intentaba abrir paso a una nueva forma de tomar las decisiones en la sociedad, desafiando el mando de las clases dirigentes. ¿Qué tomaría su lugar, en caso de una victoria de las masas? El cuartel general de las luchas y de la agitación. Dos modelos antagonizaban entre si: el comité central y la asamblea de fábrica. El primer modelo buscaba modernizar la gestión de la sociedad por medio de jacobinos profesionales de nuevo tipo, los dirigentes políticos revolucionarios. El segundo intentaba poner en práctica un igualitarismo y un colectivismo radical. El modelo de la asamblea de fábrica ha quedado obsoleto, como en su momento los sindicatos por oficio, por los cambios ocurridos en la estructura de la economía capitalista, que han modificado forzosamente la organización y la forma del trabajo. ¿Qué democracia tenemos hoy para defender como nuestra, después del ocaso de la asamblea fabril? ¿Dónde vemos destellos de imaginación humana contra la explotación? ¿Algo todavía nos hace creer que tenemos la potencia dentro nuestro para combatir y vencer la explotación del trabajo humano?
Del primer modelo todavía queda mucho, aunque los colores y tenores puedan variar. Están en las calles, en muchas de las luchas en las que estamos o que ayudamos a construir. Y por ser el sector más acostumbrado a poner en práctica sus políticas por medio del orden es el sector de la izquierda con más puntos de anclaje para los discursos que proponen un programa social garantizado por un orden revolucionario autoritario. El sector que Alexandr Duguin llama “nacional-izquierdismo” es parte de la democracia de los comités centrales. No porque sus organizaciones tengan órganos de decisión política semejantes a los mitificados por la 3a internacional, sino porque el modelo se base en reivindicar el rol de vanguardia, donde el comité central encarna y canaliza la voluntad popular, característica compartida por marxista-leninistas y nacionalistas radicales.
La asamblea de fábrica interpelaba a los seres que allí en aquél espacio hacían mover las máquinas. El usuario de redes sociales hoy es interpelado por su postura de consumidor de contenido, el potencial manifestante de las actuales multitudes callejeras. Es un sujeto enmarcado en la universalidad del capital, en cuanto interactúa con el celular para una gran diversidad de actividades (para trabajar, para sostener vínculos sociales, para distensión y ocio, etc), como un sujeto de “trabajo abstracto”, desmarcado de sus procesos concretos de trabajo, y en ese aspecto completamente diferente del sujeto de las asambleas fabriles.

Existe una lectura democrática del 2001 argentino. Pasa por entender la democracia no como la institución del sufragio, la consulta individual al foro íntimo de cada integrante de la masa. Contrarios a un concepto liberal de voluntad, el nacional-izquierdismo participa de un campo de pensamiento que ve en los disturbios de diciembre la expresión de una voluntad popular. Ahora bien, en Argentina se acostumbra decir “el campo popular” para una variedad de organizaciones que construyen alrededor de una idea de lo popular como una entidad mística que a veces se expresa y a la cual están a servicio de. Toda la retórica militante gira alrededor de este servicio, y de la pasión con la que estos y estas militantes actúan cuando se sienten unos con el pueblo.
Si entendemos el pueblo como esta entidad adormecida que cada tanto se despierta para hostigar a las élites que la oprimen, entonces la verdadera democracia, según la lectura “populista”, es aquella por la cual esa entidad puede expresarse. Las libertades democráticas suelen ser el marco general de esa vía de comunicación de la entidad. Sin embargo, hay muchas amenazas y el ritual del sufragio universal ni siempre garantiza que la voluntad del pueblo se exprese correctamente: existen corporaciones que atentan contra la libertad del pueblo; los gobiernos e intereses extranjeros intervienen por doquier; hay también religiones ajenas que buscan cambiar nuestro estilo de vida e influenciar en las elecciones; la prensa miente, falsifica encuestas y lava cerebros; conspiraciones de todo tipo son urdidas para sutilmente envenenar nuestras percepciones y actuar a nuestra espalda; etc. Cuando a ese pueblo abstracto le damos una bandera e inventamos un mito fundador (y si posible le conseguen un territorio), tenemos como resultado el nacionalismo. Por lo cual, tumbar a presidentes electos puede ser algo democrático, si se justifica de la manera correcta. Es por eso que los bolsonaristas llaman a defender la democracia contra el gobierno de Lula, por eso es posible defender la democracia por medio de una intervención militar que aplaque el peligro de las influencias foráneas desestabilizadoras, castro-chavistas o de la CIA y la OTAN. Democrático es atacar y humillar a la prensa, a la oposición, al cosmopolitismo. Se puede reivindicar a Videla como un demócrata, y George Soros como un enemigo de la democracia.
El capitalismo revolucionó la fábrica, y la idea de una fábrica aislada, “auto-gestionada”, deja de tener sentido en el entramado productivo, especialmente en los sectores más dinámicos de la manufactura. Just in time, uno de los pilares del toyotismo, significa trabajar sin stock, integrando las telecomunicaciones de manera directa a los ritmos de trabajo en muchos rincones del globo. Es el gran “capital socializado” que hasta hace poco hacía la cadena productiva global funcionar de manera continua y sin sobresaltos. Si hacemos la analogía con un territorio aislado, “soberano”, hablamos de régimen nacional de explotación, esto es, los términos en los cuales la explotación del trabajo se da allí. En este marco es que el fenómeno de la migración expresa el inconformismo proletario, en búsqueda de regímenes de explotación con mejores condiciones, así como un trabajador deja su antiguo trabajo en búsqueda de una mejor oportunidad. Observamos que muchos y muchas trabajadoras prefieren ser explotadas en los EEUU, dada la perspectiva sombría de ser explotadas en pequeños pueblos de México, Colombia, El Salvador, Cuba, Venezuela. Ni hablar del intenso flujo migratorio del Oriente Medio o de África hacia Europa. Así como un gobierno puede elegir emitir o no emitir moneda, puede también ser un “agente económico” al restringir la migración y manipular el mercado de trabajo. En todo caso, la libre circulación de personas, así como el clima global, es un fenómeno que trasborda completamente el poder soberano nacional, funcionando así como enemigo fácil para sus ataques.
El flujo migrante nos indica que existe un gradiente de diferencia entre un régimen de destino y un régimen de origen, así como un trabajador evalúa los puestos de trabajo que mejores condiciones de vida le pueden dar, sea por recompensa dineraria o por calidad de vida general. Marx ya nos hablaba de la diferencia entre la explotación de la plusvalía absoluta, por el aumento cronológico de la jornada laboral, y la explotación de la plusvalía relativa, por medio del desarrollo de las fuerzas productivas generales. En el capitalismo nunca vamos a encontrar un régimen completamente separado del otro, sin embargo la plusvalía absoluta caracteriza los sectores productivos más arcaicos y rudimentarios, mientras que la plusvalía relativa caracteriza los sectores de alta productividad. Los trabajos de la plusvalía absoluta necesitan carne humana para tareas poco complejas, mientras que la relativa exige trabajadores y trabajadoras con muchos años de educación. El orgullo por una economía nacional es muy parecido al orgullo por la performance financiera de la empresa donde uno trabaja, e impedir la posibilidad de buscar mejores condiciones de trabajo – por motivos morales, nacionales, legales, etc – representa un límite al horizonte de expectativas de la clase trabajadora como un todo.

Contra esa visión pragmática y cosmopolita, los nacional-izquierdistas agitan fantasmas ancestrales y glorifican la muerte y sus herramientas: destinos, guerras, mártires. Las fronteras y el conflicto por tierra exigen protagonismo en sus programas políticos. El mundo multipolar probablemente será un mundo con menos libertad de migración. Eso representa una movilidad social ascendente limitada, pues en países “exportadores” de mano de obra la oferta local de trabajadores va a aumentar, empujando el salario a la baja. ¿Podrán los nacional-izquierdistas encauzar el empeoramiento de las condiciones de vida en el marco de una lucha por la soberanía nacional?
En el 2001 no se fueron todos. De la Rua volvió a la Casa Rosada el día siguiente de su renuncia, a buscar sus cosas. Y si en todo caso algo se haya ido aquél 20 de diciembre, ¿qué tan cerca se estuvo de poner otra cosa en su lugar? Esa pregunta se puede hacer para pensar cada uno de los eventos históricos citados al principio del texto. ¿Hacia donde van esas nuevas revueltas callejeras, y cómo se relacionan con la explotación del trabajo? ¿Cómo cambian las formas de decidir y dirigir la sociedad?