Mientras no morimos

Fascismo elitista y fascismo populista en Argentina

Algunos y algunas anarquistas más lúcidas hasta el día de hoy denuncian a los frentes "antifascistas" como una alianza de las fuerzas revolucionarias con liberales y estalinistas. Pero habría que decir algo más sobre esa forma de polarización: dibujarse como "lo opuesto" al fascismo es también una operación para borrar todos los aspectos que este compartió con la izquierda, ¿y a quién le interesa borrar y falsificar lo que fue el fascismo histórico?

El libro Lesca, el fascista irreductible de Jorge Asís, publicado en 2000, es un aporte muy interesante para estudiar, por ejemplo, el clivaje entre el fascismo elitista y el fascismo populista en Argentina. Escrita en una época insospechada, donde poco o nada se debatía sobre el tema, es una obra particular, suerte de novela-ensayo compuesta de microcapítulos, de dos o tres páginas cada uno, donde Asís narra las desventuras políticas de Carlos Lesca. Un nacionalista católico argentino que terminó dirigiendo en Francia una de las principales revistas fascistas de los años 30, Je suis partout.

Liga Patriótica

Hijo de un vasco que se hizo muy rico con el comercio de la carne congelada, Carlos Lesca ingresó a las filas de las milicias de la Liga Patriótica y se ilusionó con la llegada de Uriburu al poder. Pero Carlos no era un simple miliciano, admiraba las alturas de la cultura fascista y sus genios autóctonos: Leopoldo Lugones, Hugo Wast (pseudónimo de Gustavo Adolfo Zuviría) y Manuel Gálvez. Decepcionado con la brevedad y la impotencia del gobierno de Uriburu, se instala en París y busca allí el ambiente intelectual y político donde integrarse, con ayuda de su fortuna y de contactos directos con Charles Maurras, el mítico ideólogo de la Action Française. La revista Je suis partout tenía en su equipo de redactores otros grandes nombres de la intelectualidad fascista francesa, como Robert Brasillach, Maurice Bardèche, Lucien Rebatet, además de contar con corresponsales del rexismo, la vertiente integrista católica belga. Asís nos cuenta la trayectoria ambiciosa de Lesca en un círculo intelectual plagado de disputas de egos durante el avance sostenido del "viento fascista" que barría el continente. El relato sirve también para entender lo que fue el antisemitismo de esa época, estructural para la épica del renacimiento nacional (y expone el ridículo de usar el mismo término para hablar de los críticos contemporáneos del Estado de Israel).

Derrotado el Eje, Lesca huye a Argentina y se encuentra con el gobierno de facto de la Revolución del 43, que él había celebrado en las páginas de Je suis partout debido a la elección del antisemita declarado Gustavo Adolfo Zuviría para ministro de Cultura. Sin embargo, con un lenguaje pedagógio y sentimentalista, Jorge Asís explica cómo el nuevo movimiento nacionalista rechazaba y superaba el viejo nacionalismo católico argentino. Mientras Lesca estuvo en Francia, organizando asados y debatiendo la línea de la alta cultura fascista con literatos galos, otra vertiente ganaba terreno en su tierra natal. Rescatando las huellas de Yrigoyen, ganando forma con el gobernador bonaerense Manuel Fresco, y finalmente madurando con Juan Domingo Perón. Carlos Lesca representaba el polo conspirativo, elitista y romántico de aquel viento. Perón representaba el polo social, corporativo y pragmático. "Alpargatas sí, libros no", cantaban los obreros peronistas enfrentados a los estudiantes universitarios. Más tarde, Perón rechazó encuadrar su movimiento bajo el título de fascista, opinando que era necesario un nombre propio que representara más la idiosincrasia criolla, repitiendo así a todos los importantes movimientos fascistas alrededor del mundo, sin lo cual no había épica nacional posible.

Partido Peronista

El fascismo no se limita a los pequeños grupos que levantan orgullosos su bandera, y la confusión entre izquierda y derecha (entre revolución y orden) pudo ser operada no solo por grupos conspirativos revolucionarios, sino por organizaciones estatales permeadas por la ideología fascista. El primer caso deriva en regímenes fascistas creados "desde abajo", por medio de vanguardias y movimientos de masas propiamente fascistas. El segundo deriva en regímenes creados "desde arriba", cuando el Estado o el Ejército son empujados a tomar el poder por la influencia de importantes cuadros suyos que actúan como vanguardia del movimiento. Esta descripción de las dinámicas políticas del fascismo fue expuesta por Masao Maruyama, importante estudioso del fascismo en su libro Thought and Behaviour in Modern Japanese Politics, y el caso japonés es un mejor ejemplo para entender la dinámica de los primeros años del fascismo argentino que el "canon" europeo: fue solamente después de eliminar a los grupos derechistas exaltados que el Ejército japonés implementó un régimen marcadamente fascista, aplicando ellos el programa político de los ideólogos finiquitados. Perón no tuvo que eliminar a los fascistas elitistas argentinos. Más bien contó con el apoyo de sus milicias para atacar a los enemigos de la Revolución del 43. Simplemente los neutralizó políticamente, con facilidad debido a su poca expresión política una década después del fallido gobierno de Uriburu, y les impidió el acceso a las tomas de decisión importantes. Así, renegando del nazifascismo con el diario del lunes, el peronismo se presentó con el impoluto título de "tercera posición", contribuyendo a la tranquilidad del sueño de muchos antifascistas de hoy.