Mientras no morimos

En defensa del globalismo

El capitalismo se mueve continuamente y atento siempre al lucro de hoy más que al de mañana. Pero en el horizonte se asoma algo preocupante: la caída en la natalidad en todas las economías más importantes del mundo. Una fuerza de trabajo que se contrae y una cantidad de ancianos que se expande representa un escenario muy incierto para las operaciones económicas como un todo. Un problema mundial, ¿requiere una solución mundial?

Multipolaridad vs multilateralismo

En los últimos años, y en especial desde que Donald Trump volvió a la presidencia de EEUU, se ha utilizado mucho el concepto de multipolaridad para describir la nueva etapa de nuestra sociedad global. A grandes rasgos, se trata de un mundo que deja atrás la “unipolaridad”, cuando EEUU operaba como “gendarme global”, y da paso a un nuevo contexto donde otros polos de poder operan como “gendarmes regionales” en sus zonas de influencia. De manera contraintuitiva, el mundo multipolar se contrapone a las relaciones “multilaterales” que venían siendo construidas en el contexto internacional anterior, no sin roces y conflictos. La multilateralidad presupone la disposición de los diferentes países a sentarse en la mesa a discutir de forma conjunta las varias reglas de la gobernanza global: comercio, conflictos armados, medio ambiente, derecho penal, etc., etc. Aunque fuese aquel un contexto ordenado por un poder moderador hegemónico, la multilateralidad apostaba a generar consensos internacionales con participación activa de países que solos no tenían gran poder de negociación, pero que unidos podían lograr mejores posiciones para defender sus intereses. Lula, el presidente de Brasil, es hoy una de las principales voces defensoras del multilateralismo.

Para entender mejor el alcance potencial del mundo multipolar, nada mejor que leer y acompañar las ideas de un autor como Alexandr Dugin, el fascista ruso que hace décadas defiende la multipolaridad como forma de organización mundial para la sociedad humana. Dugin es un verdadero visionario dado que mucho de lo que ha predicado desde los años 90 se ha realizado: la crisis interna de la Unión Europea, la “inviabilidad” del Estado ucraniano, el regreso de la religión como organizador político, la reaproximación entre la izquierda conservadora (“nacional-izquierdista”) y la derecha populista. ¿Y cómo entiende Dugin el mundo multipolar? Un mundo de “Grandes Espacios” donde cada polo de poder expresa una civilización y ejerce su influencia territorial. De ahí el gran proyecto “Eurasiano”, heredero directo del Imperio Ruso, que identifica el cristianismo ortodoxo como eje aglutinador de la civilización rusa y de su hegemonía “suave” sobre todos los pueblos del territorio euroasiático. Dugin fue activo integrante del partido nacional-bolchevique, estuvo muy cercano al comunista Guennadi Ziugánov en los noventa y podemos ver de qué se trataban esas ideas afines al final del libro de Ziugánov sobre el nuevo rol del partido comunista en Rusia después del fin de la URSS. Al definir el mundo que este partido buscaría construir desde Rusia, dice que “es muy importante que sus bases descansen no en utopías mundialistas, sino en el equilibrio geopolítico entre los Grandes Espacios, civilizaciones y ‘centros de fuerza’ etnoconfesionales y en la consideración de los intereses legítimos de todos los Estados y pueblos, grandes y pequeños”. (Rusia y el mundo contemporáneo, 1996)

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Debido a que cada “Gran Espacio” es la expresión de una civilización, un centro de fuerza “etnoconfesional”, los defensores de la multipolaridad han adoptado el postmodernismo en toda su fuerza. Si no hay una verdad universal, sino solamente aquello que es impuesto por el poder, no hay otro camino que reconocer la verdad de cada civilización por separado, salvaguardar el poder de facto por entenderlo como respeto por la cultura, la religión y la episteme propia de cada Gran Espacio. Es por eso que los ideólogos de esta nueva derecha han elegido al Globalismo como uno de sus principales enemigos, identificando con él “liberalismo occidental” que históricamente secularizó a la sociedad, equiparó hombres y mujeres, creó organismos internacionales, defiende (al menos en su retórica) los derechos humanos, al medio ambiente, ablandó el espíritu guerrero de los hombres y ahora busca despoblar el planeta.

Las condiciones materiales del globalismo

En la disciplina de las Relaciones Internacionales se ha debatido en las últimas décadas lo que sería una “teoría de la Gobernanza Global” [1], producto del ascenso de organismos internacionales, ONGs, empresas transnacionales y otros actores que excedían la forma del gobierno y del Estado-nación. Hewson, en un texto de 1999, relaciona algunos cambios en las esferas de gobernanza con prácticas de información y conocimiento. Por ejemplo, los sistemas de correos o de prensa, que al principio de la Edad Moderna se organizaban en Europa en torno a ejes “geopolíticos” con énfasis en la conexión entre los centros de poder de la región, relegaban grandes partes del territorio a organizaciones municipales de pequeña escala. Todavía no estaban organizados bajo una lógica “nacional”. Fue en el siglo XIX, con la estabilización de los Estados nacionales cuando se unificó en muchos países europeos el sistema de estampillas y precios de servicios postales. Esa integración de las comunicaciones en un espacio de gobernanza nacional rápidamente dio paso, en 1865, a una nueva etapa: se fundaba entonces la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), para gestionar las primeras redes telegráficas internacionales, y es la organización más antigua que integra hoy el organigrama de la ONU. También en el siglo XIX empezaron a funcionar de manera estable y activa organismos nacionales de estadísticas (en EEUU, Inglaterra, Francia), juntando datos nacionales y publicándolos.

Según el esquema de Hewson, esos procesos ilustran las dos etapas previas, condiciones necesarias, a la tercera donde efectivamente vemos el surgimiento del globalismo como fenómeno tecno-informativo. En primer lugar, la interconexión de la infraestructura (técnica o institucional) de telecomunicaciones entre diferentes Estados y territorios. Después, el uso de esa infraestructura para el intercambio de datos, información y conocimiento relativos a los diferentes espacios nacionales. El tercer momento se caracteriza por un salto hacia un espacio propiamente global de concepción, ejecución y producción de la información. En aquel momento de gran entusiasmo por el intercambio y cooperación internacional de ideas, previo a la primera gran guerra, fue creado el Instituto Internacional de Agricultura (1905), con la misión de generar estadísticas mundiales y recursos técnicos en diferentes idiomas para ayudar en las actividades agrícolas desarrolladas en cualquier lugar del planeta. Anterior a esa organización fue la creación de la Organización Meteorológica Internacional (1873). Empezó con un propósito de intercambio de informaciones nacionales, pues la joven disciplina enfocaba su objeto en un marco de estudios nacional. Sin embargo, como ilustra de manera impresionante el libro A Vast Machine (Edwards 2010), durante el siglo XX los científicos de la meteorología y del clima fueron desarrollando un concepto literalmente global de su objeto de estudios, enfrentados a la imposibilidad de aislar un punto del planeta para estudiar su clima. Con la aplicación de principios matemáticos surgieron los primeros modelos numéricos y para procesarlos se desarrollaron supercomputadoras (desde los años 50, con participación del físico y matemático John von Neumann). Los nuevos modelos climáticos numéricos construyen una epistemología “globalista”, una vez que el punto de partida del modelaje exige el input de valores para todo el planeta (aunque sean aproximados o estimados). Solo se aplica si suponemos todos los puntos en “contacto” entre sí. El matemático y meteorólogo Edward Lorenz realizó un famoso estudio, creó nuevas ecuaciones y describió el “efecto mariposa”, indicando que una pequeña diferencia en los valores numéricos iniciales de los modelos podía llegar a generar escenarios futuros completamente diferentes.

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Emparentado con la climatología, Hewson da el ejemplo de los satélites como otra modalidad (menos epistémica y más ingenieril) de conocimientos y prácticas comunicacionales ya totalmente “globalistas”. No solamente por ser parte de la nueva infraestructura de telecomunicaciones, sino también por el hecho de que el espacio físico donde circulan los satélites, los cálculos de sus movimientos y todo y cualquier imbroglio técnico-legal referido a ellos, supone una esfera de gobernanza que excede al ámbito de los territorios nacionales.

El natalismo será un tema central en las próximas décadas

Las estadísticas demográficas de cada nación componen la demografía mundial, la raza humana viva (o el intento de captarla). Desde que nació, el capitalismo ha continuamente “tragado” poblaciones desposeídas de sus medios de producción que devienen asalariados. Este no es un proceso que se haya terminado, es continuo y sigue avanzando, especialmente en países con una gran población rural e industria avanzada (India y China). Es fácil entonces percibir que una disminución absoluta de la población activa representa un enorme problema para el funcionamiento del capitalismo como lo conocemos hoy. Los intereses pueden ser nacionales, o “civilizacionales”, pero la raza humana es una sola, y la demografía mundial nos unifica de esa manera. Parte de esta existencia son los flujos migratorios (los forzados y los no forzados). Los gobiernos arman campañas para atraer jóvenes diplomados, para incentivar a las mujeres a tener hijos. En Europa y Estados Unidos la extrema derecha y los fascistas llaman a la procreación de los blancos para combatir “la gran sustitución”, la invasión demográfica de los negros en Europa. Se trata de una nueva versión del panfleto de denuncia contra la conspiración judeo-bolchevique-globalista financiada por Soros. ¿Pero qué tan lejos puede proyectar un gobierno hoy, o un Estado? El cambio en la curva de la natalidad no pareciera ser algo que se pueda alterar de manera fácil. ¿Habrá algún capital que logre adaptarse y consiga acumular en un contexto de escasez de mano de obra? ¿Qué representa para los y las trabajadoras la rigidez religiosa en las instituciones educativas, el modelo de sometimiento femenino, la división física de los géneros en espacios públicos por influencia de las religiones?

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Hipótesis: la multipolaridad es una respuesta “contrarrevolucionaria” al globalismo. De manera extremadamente esquemática, podemos pensar que el sistema de la ONU, después de la segunda guerra, suponía un salto desde el Estado-nación hacia la organización global. El paso en falso al generar la organización global entregó el público a los arautos de la multipolaridad. Estos proponen avanzar y retroceder al mismo tiempo: de la unidad nacional se progresaba a los “Grandes Espacios”, y en sentido inverso, el rescate atávico del esencialismo civilizacional, la negación del universalismo humano, una sociedad que necesita la guerra para existir. La gobernanza global se traslada de los organismos internacionales hacia los canales bilaterales de negociación, los canales militares, la nacionalización de la internet, etc. El globalismo, aún en su versión capitalista, representa una superación de los atavismos sociales que separan la raza humana en agrupaciones jerárquicas según las características genéticas o lugar de nacimiento (ni que hablar de religión). La idea del globalismo no debe morir con el fin del globalismo capitalista, porque esa idea es una importante defensa contra el oscurantismo teocrático y militarista que supone nuestro encierro en los “Grandes Espacios” del mundo multipolar.

CITA

  1. ver Approaches to Global Governance Theory, de Hewsan, Sinclair y Sinclair, 1999, y Gobernanza global: una travesía por la polisemia, de Cabrera 2023 para referencias