Mientras no morimos

Clara Zetkin, fascismo, influencers y criptobros

En 1923 Clara Zetkin presenta al tercer plenario del Comité Ejecutivo de la III Internacional un reporte sobre el fascismo, y en los días siguientes presentaría también la resolución que sería aprobada con las directrices del órgano internacional del movimiento comunista para el combate contra el fascismo. El documento, desafortunadamente aún sin traducción al español disponible en internet (versiones en inglés y en portugués al final del texto), presenta aspectos muy importantes que después fueron negados por el estalinismo, y también errores de pronóstico sobre el desarrollo de las "contradicciones internas" del fascismo en el poder.



Empecemos entonces con los puntos fuertes que tuvo su análisis, cuando el fascismo recién empezaba a pisar fuerte en Europa como movimiento. En primer lugar, Zetkin afirma que se trata de un movimiento de masas, que cuenta con muchos elementos de las capas sociales medias (pequeña-burguesía, empleados públicos, intelectuales, militares desmovilizados) pero también con gran participación proletaria. Hay dos puntos importantes que se desprenden de esa lectura. El primero contradice a todos aquellos que en Argentina y en América Latina insisten en decir que las dictaduras militares del plan Condor fueron fascistas: Zetkin dice que el fascismo es muy diferente del "terror blanco" propinado por una casta militar como "venganza" contra los proletarios revolucionarios. Su ejemplo es el régimen que derribó la revolución en Hungría de la mano de los militares de origen oligarca, bajo el mando del almirante Horthy. El segundo punto es premonitorio: el fascismo no debe ser combatido solamente en el plano militar, sino que debe primero ser derrotado ideológica y políticamente. Eso ocurre, según Zetkin, porque el fascismo logra atraer a sus filas sectores de mano de obra calificada, intelectuales, e incluso sectores que antes demostraban simpatía por las organizaciones proletarias revolucionarias. Este segundo punto también debería responder a aquellos que todavía, cien años después, piensan que "el fascismo no se discute".

Por algunos pocos años la interpretación de la militante alemana fue la oficial de la III Internacional, pero en 1928, en el contexto del avance de Stalin sobre los órganos oficiales del movimiento comunista, el Comintern pasa a una interpretación sectaria del fenómeno: el fascismo es el ala derecha de la burguesía y la social-democracia su ala izquierda. Enmarcado de esta forma, el "social-fascismo", nombre con el quedó conocida esa lectura, representa de forma llana los intereses de la burguesía, y cualquier alianza con organizaciones obreras social-demócratas contra el avance del fascismo queda invalidada. Es sombrío observar que esta interpretación tiene ecos hasta el día de hoy, y posiblemente con propósitos muy parecidos a los que el estalinismo tuvo en su origen. En particular, la necesidad de licuar el contenido real del fascismo (desaconsejando su análisis y estudio por fuera del dogma y del sentido común) mezclándolo con cualquier sector político adversario (por supuesta colaboración o interés común). Ilustremos con dos ejemplos: por izquierda, el lenguaje "decolonialista" promueve la asociación generalizada del "occidente" con el fascismo y el imperialismo. Por derecha, los putinistas acusan al progresismo de la Unión Europea de ser "eurofascistas".



Ahora bien, si es cierto que Clara Zetkin tuvo una impresionante lucidez para caracterizar el fascismo cuando ese recién empezaba a mostrarse como una amenaza en Europa, su análisis sobre el probable desarrollo de sus "contradicciones internas" se reveló un fuerte fracaso. Que sirva como recomendación de humildad para todos nosotros y nosotras al momento de hacer pronósticos políticos, dado que aun munidos de las mejores caracterizaciones sobre el presente, el desarrollo de los hechos siempre escapa a los mejores analistas. Zetkin creyó que "el fascismo es contradictorios por naturaleza, agregando diferentes fuerzas en conflicto que los llevarán a su decadencia interna y desintegración". También como recomendación de humildad, ese error nos puede enseñar sobre algunos vicios del marxismo histórico: la reducción de cualquier movimiento a una dinámica de sectores sociales en conflicto, y el triunfalismo teleológico que daba por cierto la victoria final del proletariado y del comunismo. Como sabemos (con el diario de lunes), el movimiento fascista internacional no sufrió una decadencia interna, logró llegar al poder en diversos países y las grandes potencias fascistas fueron derrotadas en al ámbito militar antes de que sus conflictos internos causaran su decadencia o desintegración. En América Latina los regímenes fascistas tampoco tuvieron una decadencia o desintegración por conflictos internos, sino que fueron depuestos por otros sectores de la clase dominante, en particular las fuerzas armadas, el mismo sector que había posibilitado la instalación de estos regímenes en primer lugar.

No nos sirve hoy día tomar el análisis de Clara Zetkin para aplicarlo de manera mecánica al contexto actual en el que vivimos. Podemos utilizarlo como parte del estudio del fascismo histórico, pero también como inspiración y ejemplo de ejercicio analítico. Me parece útil, en este marco, tomar dos aspectos de su análisis para comparar con las extrañas novedades que tristemente hacen su aparición en nuestro mundo. Zetkin entiende "el fascismo como una expresión de la decadencia y desintegración de la economía capitalista y como un síntoma de disolución del Estado burgués". Esas transformaciones al nivel general son vividas en términos sociales como una "agonía de los 'nuevos pobres'" en contraste con las "gigantes ganancias y la suntuosidad de pocos 'nuevos ricos'", producto de la Gran Guerra. Esa nueva concentración de la riqueza había empujado a la pobreza los sectores medios, mencionados al principio, que ahora luchan por su supervivencia material. Algo parecido vemos en nuestros tiempos, con la proletarización de sectores que antes se desempeñaban como "profesionales liberales" y con la pauperización de sectores obreros que antes tenían garantizada la supervivencia material por medio de trabajos fabriles. Con la desmoralización de las fuerzas proletarias revolucionarias, producto de las revoluciones fallidas en Italia y en Alemania en los años siguientes a la Gran Guerra, esos sectores medios proletarizados siguen por el sendero de sindicalistas revolucionarios y otros intelectuales del principio del siglo, como George Sorel o Enrico Corradini, que encontraron en la nación la fuerza revolucionaria que la clase trabajadora no supo ser.

Lo que el movimiento fascista ofrecía a estas capas medias proletarizadas era, en esencia, la posibilidad de volver a ascender socialmente por medio de la lucha política. Sustituir a las viejas clases burguesas y oligárquicas, desorientadas e incapaces de gobernar con firmeza, era el objetivo final de las organizaciones fascistas para salvar la nación y guiarla a su destino inexorable de grandeza. Si en el campo de la ideología la exaltación nacional seducía a las masas, romántica y sentimental, en el campo político los profundos cambios revolucionarios prometían un mejor futuro financiero para aquellos militantes con formación intelectual pero escasos ingresos.
¿No será comparable esta dinámica social con algunas figuras actuales como los influencers y los "criptobros"? La pauperización de sectores que han recibido educación formal es una dinámica fértil para el resentimiento con las fuerzas políticas que se reivindican representantes de las capas inferiores de la sociedad. La internet ha exarcebado la desconexión entre contenido y práctica ideológica, y con el ascenso de las big tech hay una creciente masa de proletarios que busca ingresos por medio de extraños mecanismos subsidiarios de estas empresas. Si queremos forzar el paralelo, ya no hace falta ser un militante político para ascender socialmente, sino producir contenido y monetizarlo, para lograr abandonar la pobreza. Otra forma emparentada es la estafa y los esquemas ponzi, que también necesitan generar alguna suerte de "entusiasmo", necesitan un rostro o una referencia humana que movilice grupos de personas (algunas pocas o enormes masas) para monetizar.

En esta clave de lectura, la semajanza entre el fascismo histórico y lo que vivimos en nuestra época no está centrado en el autoritarismo, el nacionalismo exacerbado, el culto de la muerte y el odio al comunismo, aunque todos estos elementos estén presentes. Lo que encontramos en ambos es más bien un mecanismo de ascensión social de capas intermedias pauperizadas, mecanismo que depende de la movilización permanente de grandes porciones del proletariado por medio de la promesa de un futuro mejor. Si en el fascismo histórico ese futuro tenía rasgos colectivistas, expresando la entonces novedosa fuerza productiva de las masas, las telecomunicaciones parecen haber logrado reducir la experiencia de esa fuerza a una vivencia individual, donde la prosperidad y abundancia son logros personales y la vida social opera más bien como un impedimento. El resentimiento del individuo contra la sociedad opera como el resentimiento del alemán contra el judío, y la conquista de la individualidad acerca a los trabajadores a la prosperidad en la misma medida en que los pogromos acercaban los trabajadores alemanes a la abundancia material. Hitler dijo, según su ex-colaborador Hermann Rauschning, que "la masa no es manejable sino cuando está fanatizada. Una masa que permanece apática y amorfa es el mayor peligro para una comunidad política, cualquiera sea". Para los efectos del mecanismo acá analizado, la realización de pogromos reales puede ser menos efectivo que la realización de pogromos performáticos: es más fácil monetizar el pogromo en cuanto contenido digital que un linchamiento real que no haya sido registrado. La modalidad performática es más importante para promover la ascención social en el contexto actual, mientras que liderar un linchamiento real ha sido relegado a un nicho especializado, todavía útil, pero con límites más marcados.



No pretendo abarcar todo el fenómeno del fascismo con este análisis, sino echar luz para entender los mecanismos que han tornado fértil en el ambiente digital la reproducción de formas, y también contenidos, vinculados al fascismo contemporáneo. Como habrá notado el lector y la lectora, en ese mecanismo la forma tiene mucho más importancia que el contenido, lo que también apunta a una época en que izquierda y derecha pierden sus fronteras y pasan a confundirse con mayor facilidad. Que un influencer publique simbología de izquierda no impide que la manera como se relaciona con sus seguidores se asemeje de sobremanera con las formas utilizadas por los influencers de derecha. En el fondo, lo distintivo de la época es la existencia y reproductibilidad de la figura social de los influencers, no las pequeñas diferencias entre unos y otros. También el contenido de las alabadas libertades monetarias del ecosistema "cripto" es lo menos importante, lo que merece la atención es el contexto y las dinámicas por las cuales la figura social del "criptobro", con sus cursos y sus discursos misóginos, logra tamaña reproductibilidad en nuestros tiempos. Tiempos donde presidentes financian sus grupos políticos por medio de estafas y meme coins.

La lucha contra el Fascismo, Clara Zetkin (1923)
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Hitler me Dijo, Hermann Rauschning (1940)